Cuando migrar interrumpe el proceso adolescente de salir al mundo

La adolescencia es la etapa de salir al mundo, pero para explorar hace falta sentirse seguro. ¿Qué ocurre cuando la migración borra el mapa antes de tiempo? Una mirada profunda al aislamiento, la pérdida de códigos y el refugio virtual en los jóvenes migrantes.

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Cuando migrar interrumpe el proceso adolescente de salir al mundo
Photo by urtimud.89 on Pexeles

La adolescencia suele ser la etapa en la que el mundo comienza a hacerse más grande.

Poco a poco, los amigos dejan de ser solamente compañeros de colegio. Llegan las primeras salidas con mayor autonomía. Aparecen actividades que ya no se organizan únicamente desde la familia. Los grupos ofrecen nuevas formas de pertenencia. Incluso el amor — todavía torpe, todavía incierto — empieza a convertirse en un lugar donde la identidad comienza a ensayarse de otra manera.

Salir deja de ser solamente un movimiento hacia afuera.

También empieza a ser un movimiento hacia uno mismo.

Explorar, entonces, no se reduce a divertirse.

Es una forma de construir una respuesta — siempre provisoria — a una de las grandes preguntas de esa etapa de la vida:

¿Quién soy cuando el mundo empieza a abrirse delante de mí?


Pero nadie explora en el vacío.

Toda exploración necesita un lugar desde el cual sentirse suficientemente seguro para comenzar.

Para animarse a salir hace falta algo que muchas veces los adultos damos por sentado.

Sentir que el mundo alrededor es suficientemente conocido.

Reconocer los códigos.

Entender los chistes.

Saber cómo funcionan las relaciones.

Intuir qué se espera de uno.

Conocer los lugares donde encontrarse y la forma en que las personas se vinculan.

Todo eso construye una sensación de seguridad — muchas veces invisible — desde la cual resulta mucho más fácil probar distintas versiones de uno mismo sin sentir que cada intento pone en juego quién soy.


Cuando el mapa cambia antes de terminar de dibujarse

De un día para otro cambian las personas.

Cambia la escuela.

Cambia el idioma.

Cambian los códigos.

Cambian las formas de hacer amigos.

Cambia incluso aquello que antes parecía ocurrir sin esfuerzo: una broma, un silencio, una forma de acercarse a un grupo o de iniciar una conversación.

Como si gran parte del mapa desapareciera mientras la tarea de crecer siguiera avanzando.

La adolescencia no espera a que el entorno vuelva a sentirse familiar.

Y quizá ahí resida parte del desafío.


La mirada de los otros

En ese nuevo contexto, la tarea adolescente no se detiene.

Para algunos, simplemente se vuelve más compleja.

Durante esta etapa, la mirada de los pares adquiere un lugar muy importante.

No porque los adolescentes sean más superficiales.

Sino porque buena parte de la identidad se construye justamente en relación con otros.

Probar quién soy.

Equivocarme.

Cambiar.

Encontrar un grupo.

Alejarme de otro.

Descubrir qué me gusta y qué no.

Todo eso necesita de otros adolescentes.

Y cuando todavía no se conocen del todo los códigos del nuevo entorno, cada intento puede sentirse mucho más expuesto.

No entender una broma.

Sentir que el propio acento llama la atención.

No saber cómo entrar en una conversación.

Llegar cuando los grupos parecen haberse formado hace tiempo.

Situaciones pequeñas para un adulto.

Pero que, en ese momento de la vida, muchas veces tienen un peso enorme.


Cuando la exploración cambia de escenario

Quizás por eso algunos adolescentes dejan de salir.

No necesariamente porque hayan perdido el interés por el mundo.

Sino porque todavía no sienten que ese mundo sea un lugar suficientemente conocido como para recorrerlo con confianza.

En ese contexto, el mundo virtual puede ofrecer algo que el mundo presencial todavía no logra ofrecer.

No necesariamente porque sea mejor.

Ni porque reemplace los vínculos cara a cara.

Para algunos adolescentes, simplemente puede sentirse más predecible.

Las reglas suelen ser más claras.

Los temas de conversación ya están compartidos.

Existe una actividad alrededor de la cual encontrarse.

Es posible regular cuánto mostrarse, cuánto participar y cuándo retirarse.

Y, muchas veces, permite construir vínculos sin afrontar desde el primer momento el grado de exposición que implica hacerlo en un entorno donde todavía todo se está aprendiendo.


Quizás no se trate solamente de escapar de la realidad. Quizás también sea una manera de seguir descubriendo el mundo mientras todavía no encuentran la confianza suficiente para hacerlo en el escenario que hoy los rodea.

Eso no significa que el mundo virtual sustituya lo que ofrecen los vínculos presenciales.

Tampoco explica, por sí solo, por qué un adolescente pasa tantas horas frente a una pantalla.

Pero puede ayudarnos a preguntarnos qué función está cumpliendo ese espacio en su vida.

Tal vez el problema no sea que haya dejado de explorar, sino que todavía no encuentra las condiciones para hacerlo en el mundo que hoy lo rodea.


Mirar más allá de la conducta

Cuando un adolescente pasa gran parte del tiempo encerrado en su habitación, es comprensible que los adultos se preocupen.

Y también es comprensible que aparezca el deseo de que vuelva a salir, conozca gente o pase menos tiempo frente a una pantalla.

Pero quizá, antes de preguntarnos únicamente cómo cambiar esa conducta, podamos detenernos en otra pregunta.

¿Qué encuentra dentro de ese mundo que todavía no logra encontrar fuera de él?

¿Qué necesita sentir para animarse a descubrir este nuevo entorno con la confianza que esa etapa de la vida requiere?

No existe una única respuesta.

Cada adolescente vive la migración de una manera diferente.

Pero quizá intentar comprender qué función cumple hoy ese refugio sea un primer paso antes de pedirle que lo abandone.


Porque tal vez la pregunta no sea solamente cómo conseguir que vuelva a salir. Tal vez también podamos preguntarnos qué necesita para que este nuevo mundo empiece, poco a poco, a sentirse como un lugar que también pueda explorar.

Si acompañás a un adolescente que está atravesando un proceso migratorio y reconocés algunas de estas situaciones, puede ser útil contar con un espacio donde comprender mejor lo que está ocurriendo.


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