Todavía no me fui y ya algo cambió

Nadie se mudó. Nadie compró un pasaje. Solamente alguien dijo que estaba pensando en una posibilidad de trabajo afuera. Y sin embargo, algo cambió.

Share
Todavía no me fui y ya algo cambió
Photo by Dmax Tran on Pexels.

A veces, una conversación aparentemente pequeña puede empezar a modificar nuestros vínculos.

Nadie se mudó. Nadie renunció a su trabajo. Nadie compró un pasaje.

Solamente alguien dijo:

"Me surgió una posibilidad de trabajo afuera. No sé si lo voy a hacer. Lo estoy pensando."

Para quien lo cuenta, quizás sea exactamente eso: una posibilidad. Una idea que apareció y que recién empieza a imaginar. Puede entusiasmarlo, darle miedo, generar curiosidad o incluso desaparecer unas semanas después.

Sin embargo, para quienes lo escuchan, acaba de aparecer una información que antes no existía.

La posibilidad de que esa persona se vaya.

Y aunque todavía no haya ninguna decisión tomada, algo puede empezar a cambiar.


Cuando una posibilidad deja de ser solamente nuestra

Antes de contarla, esa posibilidad pertenece a nuestro mundo interno.

Podemos imaginar cómo sería vivir en otro país, buscar información, fantasear con un trabajo diferente, pensar qué haríamos con nuestra casa o preguntarnos si realmente estaríamos dispuestos a empezar de nuevo.

Pero en el momento en que lo compartimos, esa posibilidad entra también en la vida de los demás.

Una madre que nunca había imaginado a su hijo viviendo lejos empieza a hacerlo.

Un amigo descubre que daba por sentado que seguirían estando cerca.

Una pareja puede comenzar a preguntarse qué significaría esa oportunidad para el proyecto que estaban construyendo juntos.

Un hermano puede pensar en los padres, en las fiestas familiares o simplemente en cómo sería la vida cotidiana sin esa persona cerca.

Nada de esto significa necesariamente que quieran impedirle irse.

Simplemente, ahora ellos también tienen que hacer algo con una posibilidad que hasta ese momento desconocían.


"Pero si todavía no decidí nada"

A partir de ahí pueden aparecer pequeños cambios difíciles de comprender.

Alguien pregunta constantemente si hay novedades.

Otro hace bromas sobre nuestra futura vida en el extranjero.

Una persona que inicialmente se mostró entusiasmada parece de pronto más distante.

Alguien empieza a decirnos cuánto nos va a extrañar.

Otro enumera todas las razones por las que irnos quizás no sea tan buena idea.

También puede ocurrir lo contrario: alguien se acerca más, empieza a interesarse por nuestros planes o nos cuenta cosas que hasta ese momento nunca había expresado.

Y quien está pensando en emigrar puede quedar desconcertado.

"¿Por qué están reaccionando así si ni siquiera sé si me voy?"

Es cierto: todavía no se fue.

Pero los demás ya saben que podría hacerlo.

Y a veces alcanza con introducir esa posibilidad para que algo que parecía estable deje de sentirse completamente asegurado.


Los futuros que construimos sin darnos cuenta

En nuestros vínculos existen muchos acuerdos explícitos, pero también una enorme cantidad de expectativas que nunca hemos necesitado conversar.

Damos por sentado que determinadas personas estarán.

Que podremos llamarlas.

Que seguiremos celebrando ciertas fechas juntos.

Que nuestros hijos crecerán cerca.

Que el año que viene podremos repetir determinado plan.

Que habrá un café, un domingo, un cumpleaños o unas vacaciones más.

No pensamos permanentemente en estas cosas. Forman parte de esa continuidad silenciosa sobre la que construimos nuestra vida cotidiana.

Por eso, cuando alguien cercano dice que está considerando irse a vivir a otro país, no solamente nos está contando algo sobre su futuro.

Sin proponérselo, también introduce una pregunta sobre el nuestro.

¿Cómo sería mi vida si esta persona ya no estuviera acá?

Quizás hasta ese momento nunca habíamos tenido necesidad de hacernos esa pregunta.


Alegrarse y sentir tristeza al mismo tiempo

Hay algo especialmente complejo en estas situaciones: podemos querer profundamente que alguien aproveche una oportunidad y, al mismo tiempo, no querer perder la cercanía que tenemos con esa persona.

Las dos cosas pueden coexistir.

Podemos pensar que irse sería maravilloso para alguien que queremos y sentir tristeza cuando imaginamos lo que cambiaría para nosotros.

Podemos alentarlo sinceramente y descubrir que nos da miedo.

Podemos estar orgullosos y, al mismo tiempo, enojarnos.

Podemos decir "tenés que hacerlo" y después sentirnos extraños cuando la posibilidad empieza a volverse más concreta.

Las emociones no siempre se organizan de manera coherente.

Por eso, algunas reacciones que aparecen alrededor de una posible migración no necesariamente hablan de falta de apoyo. A veces expresan la dificultad de incorporar una información que modifica algo que se daba por sentado.


Cuando tampoco entendemos lo que está pasando

Lo interesante es que muchas veces ninguna de las personas involucradas comprende inmediatamente que algo cambió.

Quien está considerando emigrar puede percibir a su madre más preocupada, a un amigo más distante o a su pareja particularmente sensible, pero no relacionarlo con aquella conversación.

Y quien está del otro lado quizás tampoco sepa explicar del todo qué le ocurre.

Todavía no hay una despedida que elaborar.

No hay una fecha.

Quizás ni siquiera existe una decisión.

Hay solamente una posibilidad.

Pero esa posibilidad puede ser suficiente para empezar a imaginar una ausencia.

Quizás por eso algunas de estas reacciones necesiten un poco más de tiempo antes de ser interpretadas.

Una distancia no necesariamente significa enojo.

Una pregunta insistente no necesariamente significa querer controlar.

El entusiasmo tampoco significa que la posible partida no duela.

Cada persona puede hacer algo diferente con esa nueva información, según su historia, el vínculo que tenga con nosotros y el lugar que ocupemos en su vida.


Una posibilidad también puede revelar un vínculo

Pero no todos los movimientos que aparecen tienen que ver con el temor o la pérdida.

A veces ocurre algo muy bonito.

Alguien nos dice cuánto significamos para él.

Un amigo empieza a imaginar maneras de visitarnos.

Una familia descubre que puede hablar de la distancia sin convertirla en abandono.

Una pareja comienza una conversación sobre proyectos que nunca había necesitado tener.

La posibilidad de irnos puede volver visibles aspectos de nuestros vínculos que estaban allí, pero que la continuidad cotidiana hacía innecesario nombrar.

Quizás por eso algunas de estas conversaciones resultan tan movilizadoras.

Porque cuando introducimos la posibilidad de cambiar nuestra vida, también podemos descubrir que ocupábamos un lugar en la vida de los demás que nunca habíamos terminado de dimensionar.


Todavía no me fui

Pensar en emigrar no significa que finalmente vayamos a hacerlo.

Podemos explorar una oportunidad y rechazarla. Podemos entusiasmarnos y cambiar de opinión. Podemos imaginar una vida diferente y descubrir que preferimos la que ya tenemos.

Pero compartir esa posibilidad puede tener efectos antes de que exista cualquier movimiento concreto.

Porque desde ese momento las personas que nos rodean saben algo nuevo sobre nosotros: que estamos pudiendo imaginar nuestra vida en otro lugar.

Y, desde ese momento, esa posibilidad también empieza a formar parte de su mundo.


A veces, mucho antes de hacer una valija o comprar un pasaje, la migración empieza a ocurrir dentro de los vínculos. Una posibilidad nueva vuelve visibles miedos, afectos, expectativas y futuros compartidos que hasta entonces no habíamos necesitado nombrar.

A veces descubrimos el lugar que ocupamos en la vida de alguien cuando introducimos la posibilidad de no estar.

También te puede interesar: