¿Por qué sentimos que cambiamos tanto cuando emigramos?

"Siento que ya no soy la misma persona." Es una de las frases que más escucho en consulta con personas migrantes. La respuesta tiene que ver con algo más silencioso de lo que parece.

Share
¿Por qué sentimos que cambiamos tanto cuando emigramos?
Photo by Powel L on Pexels

Hay una frase que escucho con frecuencia en la consulta con personas migrantes:

"Siento que ya no soy la misma persona."

"Hay cosas de mí que ya no reconozco."

"Desde que me mudé, me desconozco."

La explicación habitual suele buscarse en lo más evidente: vivimos experiencias nuevas, nos adaptamos a otra cultura, atravesamos dificultades, ganamos autonomía o nos enfrentamos a la soledad. Todo eso, sin duda, influye.

Sin embargo, hay otra dimensión mucho más silenciosa y profunda que suele pasar desapercibida:

¿Qué sucede con nuestra identidad cuando cambia, casi de golpe, la gente que nos rodea?

Porque nadie es exactamente la misma persona con todo el mundo.

Una parte de la manera en que nos reconocemos se construye y se sostiene en los vínculos que forman parte de nuestra vida cotidiana.


Los acuerdos silenciosos que nos sostienen

En nuestros vínculos cotidianos no solo compartimos tiempo o afecto. También vamos construyendo acuerdos silenciosos que rara vez necesitamos formular.

Sabemos cómo reacciona un amigo cuando estamos tristes.

Sabemos a quién llamar para reírnos y con quién hablar de algo serio.

Sabemos qué lugar ocupamos dentro de nuestra familia: la que cuida, la que organiza, la que se deja ayudar, la que hace reír o la que siempre resuelve.

No son solamente hábitos. Son acuerdos silenciosos que, con el tiempo, contribuyen a organizar la manera en que nos relacionamos con los demás y también la forma en que nos reconocemos a nosotros mismos.

Algunos de esos acuerdos son saludables. Otros pueden ser rígidos, pesados o hacernos sufrir. Pero todos esos intercambios, incluso los que a veces nos resultan incómodos, participan de la manera en que se organiza nuestra identidad cotidiana.

Al emigrar, se produce un movimiento extraño: muchos de esos acuerdos siguen existiendo en la distancia, pero dejan de estructurar nuestro día a día.

Seguimos siendo hijas, hermanos o amigos, pero ya no estamos en la comida del domingo. Ya no nos llaman espontáneamente un martes para resolver un problema. Ya no estamos allí para ocupar, casi sin pensarlo, ese rol habitual.

El escenario donde esas versiones nuestras existían cotidianamente se ha desplazado.


Los testigos de nuestra historia

Hay algo más que suele volverse evidente con el tiempo: las personas que conocemos después de emigrar no han sido testigos de quiénes fuimos.

Conocen nuestro nombre, nuestro trabajo, nuestra nacionalidad y quizás nuestras opiniones de hoy.

Pero los amigos de hace diez o veinte años llevan dentro algo diferente: custodian fragmentos de nuestra biografía.

Conocieron parejas anteriores, celebraron logros que hoy parecen lejanos, vieron errores, pérdidas y decisiones. Tienen grabado de dónde viene un chiste o por qué reaccionamos de determinada manera.

Nosotros llevamos un poco de ellos dentro de nosotros, y ellos llevan un poco de nosotros dentro de sí.

Cuando ese entorno deja de acompañar nuestra vida cotidiana, no desaparece nuestro yo, pero sí dejan de estar presentes los espejos que lo confirmaban diariamente.


En el nuevo lugar, la intimidad todavía no tiene historia.

Por eso, durante un tiempo, puede aparecer una sensación de extrañeza: la impresión de haber perdido una parte de nosotros mismos.


Cuando nadie sabe todavía quién debemos ser

Las personas nuevas no solamente desconocen una parte de nuestra historia. Tampoco tienen todavía expectativas tan definidas sobre quiénes debemos ser.

No nos conocen como "la que siempre resuelve", "el tímido", "la responsable" o "el que nunca pide ayuda".

Y esa falta de un lugar previamente asignado puede resultar desconcertante, pero también abrir posibilidades.

Quizás dejamos de ser la persona que siempre resolvía y aprendemos a pedir ayuda.

Quizás nos descubrimos más independientes, más espontáneos, más reservados o más vulnerables.

Ante esas transformaciones, es natural que aparezca la sorpresa:

"Yo no era así."

Pero tal vez la pregunta no sea si éramos o no de esa manera, sino si alguna vez habíamos estado en un entorno que permitiera que esa parte nuestra pudiera aparecer.

Quizás emigrar no siempre nos convierte en alguien diferente. A veces también crea condiciones para que aparezcan aspectos nuestros que antes no habían encontrado lugar.


Emigrar no consiste únicamente en trasladarse a otro país ni en aprender sus códigos.

Consiste también en reconstruir, paso a paso, un ecosistema humano dentro del cual podamos volver a reconocernos.

No somos solamente lo que llevamos dentro cuando cruzamos una frontera.

También nos vamos construyendo en los vínculos que formamos a lo largo de la vida.


Y cuando cambia profundamente quiénes nos rodean, no resulta extraño que también cambie, al menos un poco, la manera en que nos reconocemos a nosotros mismos.

También te puede interesar: