Cuando la tragedia ocurre en el país que te recibió
Ningún país está exento de atravesar momentos difíciles. Cuando ocurre una crisis en el lugar donde vivimos, muchos migrantes descubren algo que no esperaban: también tienen algo que perder allí.
Cuando decidimos emigrar, solemos pensar en todo aquello que dejamos atrás: la familia, los amigos, las costumbres, el idioma o la comida. También, muchas veces, dejamos atrás problemas que esperábamos no volver a vivir: la inseguridad, la incertidumbre económica o situaciones que sentíamos amenazantes.
Hay una fantasía silenciosa que acompaña a muchas migraciones: la de llegar a un lugar donde estaremos más protegidos.
Pero ningún país está exento de atravesar momentos difíciles.
Este verano, mientras gran parte de España y Francia enfrenta incendios provocados por las altas temperaturas, muchas personas migrantes experimentan una sensación difícil de poner en palabras. No solo sienten preocupación por lo que ocurre a su alrededor. También aparece la pregunta: ¿qué hago yo frente a todo esto?
La vulnerabilidad de ser nuevo
Una emergencia siempre genera incertidumbre. Sin embargo, cuando vivimos en el país donde crecimos solemos contar con algo que muchas veces damos por sentado: conocemos cómo funciona todo.
Sabemos qué hacer, a quién llamar, dónde buscar información confiable, qué zonas evitar y, sobre todo, tenemos personas con quienes organizarnos si algo sucede.
Cuando migramos, gran parte de esos recursos desaparecen.
Aunque llevemos años viviendo en otro país, es posible que todavía no conozcamos bien los códigos sociales, el funcionamiento de las instituciones o las redes comunitarias. Ante una crisis, esa sensación de estar un paso por detrás puede hacer que todo resulte más amenazante.
No siempre es el peligro objetivo el que aumenta. Muchas veces es la sensación de tener menos herramientas para enfrentarlo.
La soledad también se hace más visible
En situaciones de crisis solemos buscar refugio en otras personas.
Una llamada a un familiar, un vecino que ofrece ayuda, alguien que pregunta si estamos bien.
Cuando vivimos lejos de nuestro país, esa red suele ser mucho más pequeña. Y eso puede hacer que cualquier acontecimiento difícil se viva con mayor intensidad.
No porque seamos más frágiles.
Sino porque estamos más solos.
Descubrir que ese lugar también importa
Curiosamente, estas situaciones también pueden revelar algo que pasa desapercibido en la vida cotidiana.
El día que una tragedia en el país donde vivimos nos angustia de verdad, empezamos a notar que ese lugar dejó de ser solamente "el país al que emigré".
Ya forma parte de nuestra historia.
Nos preocupa porque allí están nuestras rutinas, nuestro trabajo, nuestros amigos, nuestros vecinos y, muchas veces, las personas que queremos.
Sin darnos cuenta, empezamos a sentir que también tenemos algo que perder.
Dos hogares, dos preocupaciones
Migrar no significa dejar de preocuparse.
Con el tiempo ocurre algo más complejo: aprendemos a vivir con el corazón repartido entre dos lugares.
Seguimos sufriendo cuando ocurre una tragedia en nuestro país de origen.
Pero también nos duele cuando el país que nos recibió atraviesa momentos difíciles.
No es una contradicción.
Es una de las formas en que la pertenencia se transforma.
Quizá uno de los momentos en que descubrimos que un lugar empezó a sentirse como hogar no es cuando dejamos de extrañar el anterior, sino cuando también nos preocupa lo que le ocurre a este.
Si estás atravesando un proceso migratorio y estas situaciones resuenan con lo que estás viviendo, puede ser útil contar con un espacio donde comprender mejor lo que está ocurriendo.
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